Batallando al monstruo de dos cabezas...

Se llama Error y Paciencia.

Hablar del error humano es, en gran medida, territorio de Dios y también de los profesionales de la psiquis (que, como todos, también se equivocan). Hablar de paciencia también es un tema exclusivo de especialistas, Ambos temas no son mi campo específico, pero sí lo es la observación cotidiana. Desde ese lugar —el de quien mira, escucha y aprende— comparto estas líneas como una guía posible para cualquier momento en la vida del estudiante de batería.


El error puede entenderse como una acción indebida o imprudente que genera incomodidad. Suelen ser accidentales e involuntarios, pero no todos los atravesamos de la misma manera. Hay personalidades más vulnerables al fallo: el perfeccionismo extremo, la rigidez y la baja tolerancia a la frustración suelen alimentar el miedo al fracaso. Cuando la autoexigencia se vuelve excesiva, aparece una especie de prisión mental donde la voz interna se transforma en un crítico implacable. En ese estado, cada práctica deja de ser una aventura para convertirse en un examen constante, y cada error, en una derrota personal. Así, se pierde algo esencial: la libertad de aprender.

Cambiar la mirada es clave. El error no debe ser visto como un fracaso, sino como una oportunidad. Muchas veces, ese simple giro de perspectiva alcanza para transformar la experiencia y mejorar la actitud frente al proceso. La ansiedad es uno de los grandes obstáculos en este camino. Se manifiesta como un temor anticipado que condiciona la acción antes de que ocurra. Pero pensar que algo saldrá mal no lo convierte en realidad. Los pensamientos no determinan necesariamente lo que hacemos. Por eso, es fundamental confiar en las propias capacidades y actuar, aun sabiendo que el resultado no será perfecto.

También es importante evitar la precipitación. Actuar de manera impulsiva reduce la posibilidad de comprender el error. Sin pausa no hay análisis, y sin análisis no hay aprendizaje. Detenerse, observar y revisar lo ocurrido es parte fundamental del crecimiento. Otro punto delicado es la autoexigencia. Cuando se vuelve extrema, deja de ser motor y pasa a ser obstáculo. No tolerar el error implica, muchas veces, evitar enfrentarlo. Y eso limita profundamente el desarrollo. En este sentido, la autocrítica saludable cumple un rol central. No se trata de castigarse, sino de evaluarse con honestidad: reconocer lo que funciona, detectar lo que necesita ajuste y actuar en consecuencia. Resolver lo posible y aceptar lo que no, también forma parte del proceso.

Si el error es una parte inevitable del camino, la paciencia es la herramienta que permite transitarlo.
La paciencia no es pasividad, es una virtud activa. Es la capacidad de esperar sin ansiedad, de respetar los tiempos necesarios para cada proceso. En un mundo atravesado por la inmediatez, ejercitar la paciencia se vuelve casi un acto de resistencia. Aprender lleva tiempo. Madurar una idea, un movimiento o un concepto requiere atravesar etapas. Forzar esos tiempos no acelera el resultado: lo debilita. Pero la paciencia no se limita al estudio individual. También se expresa en la vida cotidiana. Se manifiesta como perseverancia cuando sostenemos una espera incómoda sin abandonar. Como tolerancia cuando aceptamos el disenso sin reaccionar impulsivamente. Y como autocontrol cuando logramos postergar un deseo en función de un objetivo mayor. En todos los casos, implica lo mismo: dominio de uno mismo.

Recuerdo una enseñanza de mi maestro Juan Carlos Lícari, quien hablaba de ejercer la paciencia “en forma oriental”. Un alumno, Gerardo —baterista y practicante avanzado de Tai Chi—, me compartió una historia que lo marcó para siempre. De joven, quiso estudiar con un reconocido maestro chino. Cuando finalmente lo tuvo enfrente y expresó su deseo, fue completamente ignorado. Sin respuestas, continuó su camino por cuenta propia. Diez años más tarde, volvió a encontrarse con ese mismo maestro. Esta vez, con humildad, insistió en su pedido. Y entonces sucedió lo inesperado: el maestro lo aceptó como discípulo. No porque hubiera cambiado de opinión, sino porque Gerardo había cambiado su comprensión. Había aprendido, en el tiempo y en la espera, el verdadero significado de la paciencia.

Recordar:
“Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo”.
(Eclesiastés 3:1)